Mientras estoy interpretando
unos corridos con la armónica, llegas a la casa con tu acompañante. Ambos se
sientan en el sillón tomados de la mano.
Inicio El Huapango de Moncayo y siento una tremenda fuerza en el ambiente. Hago un recorrido con mis ojos y me detengo en los tuyos.
La melodía sufre una variación que sólo tú percibes.
Me estás mirando con una expresión entre tierna y de asombro.
Leo de inmediato que, aunque hayas llegado con tu marido, estás dispuesta a algo más.
A partir de este momento deberé ejercer al máximo mi poder de seducción.
Sé, porque todo se sabe, que eres extranjera y que al otro día retornarás a tu país (al otro lado del océano).
Decido terminar la pieza y, mientras mi esposa les ofrece alguna bebida, yo subo al 2º piso de la casa. ¿A qué? A nada, simplemente a ver si también lo haces.
Abajo hay un fuerte murmullo de todos los invitados.
No tengo que esperar mucho tiempo. Llegas y, al verme, aparentemente no te inmutas (yo sé que sí) y me preguntas.
-Ando buscando un baño.
Te indico la puerta y al mismo tiempo tomo tu mano y hago un movimiento brusco que permite el acercamiento mutuo.
No sé si te he sorprendido pero sí, que te doy un beso súper salivoso y cachondo, mismo al que no respondes (pero no rechazas).
Tiento y medio magullo tus senos por encima de tu ropa (muy ligera pues estamos en pleno verano).
Tienes unos senos firmes. Eres muy bella en verdad.
Entras al baño y yo bajo a atender la reunión.
Inicio El Huapango de Moncayo y siento una tremenda fuerza en el ambiente. Hago un recorrido con mis ojos y me detengo en los tuyos.
La melodía sufre una variación que sólo tú percibes.
Me estás mirando con una expresión entre tierna y de asombro.
Leo de inmediato que, aunque hayas llegado con tu marido, estás dispuesta a algo más.
A partir de este momento deberé ejercer al máximo mi poder de seducción.
Sé, porque todo se sabe, que eres extranjera y que al otro día retornarás a tu país (al otro lado del océano).
Decido terminar la pieza y, mientras mi esposa les ofrece alguna bebida, yo subo al 2º piso de la casa. ¿A qué? A nada, simplemente a ver si también lo haces.
Abajo hay un fuerte murmullo de todos los invitados.
No tengo que esperar mucho tiempo. Llegas y, al verme, aparentemente no te inmutas (yo sé que sí) y me preguntas.
-Ando buscando un baño.
Te indico la puerta y al mismo tiempo tomo tu mano y hago un movimiento brusco que permite el acercamiento mutuo.
No sé si te he sorprendido pero sí, que te doy un beso súper salivoso y cachondo, mismo al que no respondes (pero no rechazas).
Tiento y medio magullo tus senos por encima de tu ropa (muy ligera pues estamos en pleno verano).
Tienes unos senos firmes. Eres muy bella en verdad.
Entras al baño y yo bajo a atender la reunión.
Cuando retornas, tu
acompañante está fascinado degustando uno de los mejores tequilas que poseo: el
Porfidio blanco triplemente destilado.
Conforme avanza la noche, mi
deseo por poseerte hace lo propio (también avanza).
Creo que percibo tus pezones erectos; pero es que acabas de besar a tu pareja.
Entonces te levantas y vuelves a subir.
Con cualquier pretexto, dejo de nuevo al grupo y asciendo la escalera, en definitiva a buscarte.
Estás en la puerta del baño, bueno, al lado, en donde tengo colgado una litografía de Francisco Toledo, intitulada "Reunión de animales".
Pareciera que estás observando el grabado, pero no, tu mirada está enclavada en una dimensión más al interior del mismo. Lo observas como si fuera un holograma de efecto tridimensional.
En realidad, me has esperado. Sabes, sin necesidad de voltear, que soy yo y que me he colocado a tus espaldas; sueltas entonces la perilla de la puerta del baño al momento que paso mis dos brazos por debajo de los tuyos para acariciar tus pechos.
Tú, al sentir mi intromisión apenas, separas un poco tus extremidades superiores y así entro con mayor libertad.
Lo mismo haces con las inferiores, las que abres a todo lo que permite tu falda entallada de mezclilla.
Al sentir mi respiración entrecortada, percibo con mis yemas una inmediata respuesta de tus pezones; incluso siento como que segregan una sustancia lechosa.
He bajado una mano y ya te estoy acariciando la parte frontal de la entrepierna. Has retraído el vientre y así he podido llegar hasta la parte interna del calzón.
Ah, que velluda eres... ¡y cuánta humedad!
Te doy un beso en el cuello y es cuando te digo, casi como un susurro.
-Tienes cara de señora que desea, y créeme que sé de lo que te estoy hablando.
En ese momento decides abrir la puerta de destino e ingresamos los dos.
Giro tu cuerpo de tal manera que tus nalgas se aplastan con la placa del lavamanos.
Ahora eres tú quien busca mis labios y nos damos un impresionante y caliente beso.
Decido solamente introducir mis dedos a tu vagina, casi te levanto en vilo.
Regreso al vestíbulo.
¿Qué estoy haciendo? Reflexiono y… retorno a la tertulia.
Creo que percibo tus pezones erectos; pero es que acabas de besar a tu pareja.
Entonces te levantas y vuelves a subir.
Con cualquier pretexto, dejo de nuevo al grupo y asciendo la escalera, en definitiva a buscarte.
Estás en la puerta del baño, bueno, al lado, en donde tengo colgado una litografía de Francisco Toledo, intitulada "Reunión de animales".
Pareciera que estás observando el grabado, pero no, tu mirada está enclavada en una dimensión más al interior del mismo. Lo observas como si fuera un holograma de efecto tridimensional.
En realidad, me has esperado. Sabes, sin necesidad de voltear, que soy yo y que me he colocado a tus espaldas; sueltas entonces la perilla de la puerta del baño al momento que paso mis dos brazos por debajo de los tuyos para acariciar tus pechos.
Tú, al sentir mi intromisión apenas, separas un poco tus extremidades superiores y así entro con mayor libertad.
Lo mismo haces con las inferiores, las que abres a todo lo que permite tu falda entallada de mezclilla.
Al sentir mi respiración entrecortada, percibo con mis yemas una inmediata respuesta de tus pezones; incluso siento como que segregan una sustancia lechosa.
He bajado una mano y ya te estoy acariciando la parte frontal de la entrepierna. Has retraído el vientre y así he podido llegar hasta la parte interna del calzón.
Ah, que velluda eres... ¡y cuánta humedad!
Te doy un beso en el cuello y es cuando te digo, casi como un susurro.
-Tienes cara de señora que desea, y créeme que sé de lo que te estoy hablando.
En ese momento decides abrir la puerta de destino e ingresamos los dos.
Giro tu cuerpo de tal manera que tus nalgas se aplastan con la placa del lavamanos.
Ahora eres tú quien busca mis labios y nos damos un impresionante y caliente beso.
Decido solamente introducir mis dedos a tu vagina, casi te levanto en vilo.
Regreso al vestíbulo.
¿Qué estoy haciendo? Reflexiono y… retorno a la tertulia.
Sé, porque no puede ser de
otra forma, que en el siguiente encuentro (que lo habrá) ocurrirá lo
inevitable.
Y es tu acompañante quien nos
da la pauta cuando dice.
-Linda, el arquitecto quiere que conozca su cava, dice que tiene una impresionante colección de vinos franceses y españoles. Ve tú, eres la experta en el tema de la vendimia, y de paso le cuentas.
Así que bajamos al sótano: solos, calientes y con el permiso de todos.
Al abrir la puerta de la bodega de las bebidas, ya tienes tus piernas absolutamente abiertas, para lo cual decidiste desplazar la falda hasta la parte alta del ombligo. En tu última visita al baño te quitaste los calzones, mismos que doblaste y guardaste en tu enorme bolsa de mano.
Yo me aflojo el cinturón; el pantalón junto con la ropa interior cae al piso.
Te empujo casi con violencia hasta la mesita que se encuentra en medio del sitio. Levanto una de tus piernas y, sin más, te penetro. Tu vagina está hecha aguas.
La manera en como te mueves me complace; con un ritmo leve, pero exquisito. Compruebo que te gusta ser poseída. Ambos debemos gemir hacia adentro; no podemos externar sonido alguno.
Mis manos tiran de tus tetas y de vez en vez las introduzco a tu boca salivosa. Esta práctica me sobre excita y hace que eyacule rápidamente. Tú habrías querido más, pero comprendes la situación.
En un par de minutos, estamos de nuevo vestidos y "repuestos".
Antes de subir, nos damos un largo beso y, en definitiva, compruebo tu sabor...
-Linda, el arquitecto quiere que conozca su cava, dice que tiene una impresionante colección de vinos franceses y españoles. Ve tú, eres la experta en el tema de la vendimia, y de paso le cuentas.
Así que bajamos al sótano: solos, calientes y con el permiso de todos.
Al abrir la puerta de la bodega de las bebidas, ya tienes tus piernas absolutamente abiertas, para lo cual decidiste desplazar la falda hasta la parte alta del ombligo. En tu última visita al baño te quitaste los calzones, mismos que doblaste y guardaste en tu enorme bolsa de mano.
Yo me aflojo el cinturón; el pantalón junto con la ropa interior cae al piso.
Te empujo casi con violencia hasta la mesita que se encuentra en medio del sitio. Levanto una de tus piernas y, sin más, te penetro. Tu vagina está hecha aguas.
La manera en como te mueves me complace; con un ritmo leve, pero exquisito. Compruebo que te gusta ser poseída. Ambos debemos gemir hacia adentro; no podemos externar sonido alguno.
Mis manos tiran de tus tetas y de vez en vez las introduzco a tu boca salivosa. Esta práctica me sobre excita y hace que eyacule rápidamente. Tú habrías querido más, pero comprendes la situación.
En un par de minutos, estamos de nuevo vestidos y "repuestos".
Antes de subir, nos damos un largo beso y, en definitiva, compruebo tu sabor...
No pasa ya mucho tiempo
cuando tú y tu marido deciden partir. Como es mi costumbre, siempre acompaño a
mis invitados hasta la puerta de su automóvil.
En el caso de ustedes, llamamos al sitio de taxis y, cuando llegó el coche de alquiler, allá fuimos los tres. Tu acompañante, al recibir el aire exterior, sintió un mareo, por lo que entró presuroso al vehículo. Tú le cerraste la portezuela y nosotros rodeamos el auto para que entraras por el otro lado. Yo iba tentando y estrujando tu trasero. Creo que el taxista nos estaba viendo, pero no nos importó.
Antes de que abordaras, te di un beso en la mejilla, rozando la comisura de los labios y, tomando ambas manos, te dije casi en secreto.
-Te buscaré.
En el caso de ustedes, llamamos al sitio de taxis y, cuando llegó el coche de alquiler, allá fuimos los tres. Tu acompañante, al recibir el aire exterior, sintió un mareo, por lo que entró presuroso al vehículo. Tú le cerraste la portezuela y nosotros rodeamos el auto para que entraras por el otro lado. Yo iba tentando y estrujando tu trasero. Creo que el taxista nos estaba viendo, pero no nos importó.
Antes de que abordaras, te di un beso en la mejilla, rozando la comisura de los labios y, tomando ambas manos, te dije casi en secreto.
-Te buscaré.
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