sábado, 23 de marzo de 2019

Respiraciones al unísono


No se sabe cómo fue el inicio; parece ser que un aletear de palomas lo originó provocando los intercambios, siempre indescriptibles pero certeros, de miradas sugerentes de distensión y acercamiento.

Poco a poco fueron adoptándose las posiciones requeridas, así como el lento ritual del despojo de objetos y elementos innecesarios para el feliz acontecimiento.
Afuera se avecinaba una tormenta, pero la magnificencia del suceso humano opacaría en definitiva cualquier posible intromisión de índole climática.

El tiempo transcurría con esa lentitud que sólo predisponen las ilusiones y los deseos más auténticos.
Toda labor de reconocimiento fue superada eventualmente y la situación alcanzó un clímax maravilloso, mismo al que sólo se llega cuando se han roto ataduras y prejuicios superfluos en situaciones de verdadera trascendencia.

Llegado el momento en el que la lluvia arreciaba, hacia el interior nada de eso se percibía ni se escuchaba.
La habitación parecía transportarse hasta lugares remotos con presencias místicas.
Todo hacía suponer que las epidermis se fundían por el fuego de la pasión, pero a esta altura ya existía entre los cuerpos una capa sutil, líquida y uniforme que los separaba apenas, permitiendo así deslizamientos sublimes.
Las gotas que chorreaban en la ventana describían perfectamente los recorridos sinuosos de los sudores interiores entremezclados. Entonces, cuando la lluvia golpeaba los cristales, los desplazamientos acuíferos externos competían sin saberlo con el líquido que resbalaba entre las porosidades; lo anterior debido al correcto manejo de las temperaturas producidas por las actitudes seductoras.

El tacto era por mucho, más importante que la apreciación visual ya que las miradas vidriosas y obnubiladas mantenían, en determinadas circunstancias, tan cerca las formas lúdicas que incluso se producían ciertas distorsiones ópticas.

Hubo un lapso en el tiempo, bastante prolongado por cierto, en el que los jadeos y las respiraciones parecían entrecortar el ambiente debido a que manifestaban, al unísono, un despliegue rítmico parecido a percusiones selváticas. No existía mejor música para el deleite de los espíritus.
Tampoco había sabores más penetrantes y sublimes que los que iban apareciendo a cada instante, producidos por los recorridos corpóreos, cuyas jugosas sustancias, envueltas en el misterio de extravagantes aromas, cerraban el placer de los sentidos.

Mágicamente la lluvia cesó, al tiempo que las almas inquietas finiquitaban casi toda la labor física. Los profundos suspiros fueron anunciando uno a uno la plenitud de la satisfacción alcanzada.


Hélices y espirales en 'crescendo'


Gira el ventilador en la parte alta de la habitación al tiempo que los amantes retozan.
El ambiente se ha imbuido de extrañas sensaciones, no por desconocidas, sino por su fuerte y lúdica presencia, las que hacen del momento una de esas magnificencias en la intemporalidad.

Intervalos entre horas y... orales han generado desplazamientos corpóreos en recorridos inciertos de tan tiernos, como el sentir intrínseco de la humedad producida por objetos u órganos exprimidos.

Expertos testigos sempiternos del placer, los mismos que comparten lugares y, esporádicamente, ropajes, conformantes de las intimidades que se engarzan cual sonoridad barroca en un 'incontro' entre alientos, percusiones y metales.
Melódicos contrapunteos que encienden e impregnan el espacio, a manera de espirales o rehiletes inversos ante el mismo viento y que, a su vez, en los opuestos-complementos, armonizan la inmensidad de la obra conjunta.

Conjuros comunes y tácticas de antaño en cuanto a entregas y predisposiciones, generan modernas y sutiles diferencias, manifiestas en las delicias que experimentan y paladean, entre alientos y secreciones, las dos humanidades partícipes.

Parecen manantiales de luz y de sonido que alimentan el contexto así como, una vez más: las oquedades, en el destino certero del placer: la genitalidad.
Genialidad que aflora en las actitudes y alimenta los placeres.
En las aspas del abanico se ha reflejado el encuentro de un rostro y la entrepierna: labios llenos que, en instantes recurrentes, degustaron.
Debutante y ocurrente percepción, deliciosa, una vez más, de tan tierna.

Los amantes pues que retozaron en ‘crescendo’, ahora reposan.


Dispositivo(s)


Solamente él sabía cómo desactivar lo que había iniciado.
Desde que entró por primera vez a un túnel de 'car wash', tuvo la fantasía de poseer a una mujer en el interior del vehículo.
Pero era muy corto el tiempo que se estaba en dicho trayecto, apenas un par de minutos, así que fraguó un plan.

Años le llevó el poder efectuar su deseo.
Con el objeto de no fastidiar al lector con datos irrelevantes, sólo se apuntarán dos hechos trascendentes: por un lado, su dedicación irrestricta al estudio de la mecánica y, por el otro, la adquisición de un negocio de auto lavado.

Así que, una vez dentro del túnel, y del interior de su automóvil, activó el dispositivo por él inventado, y el riel del piso se detuvo; al mismo tiempo, la espuma que rodeaba todo el exterior del coche se vio incrementada, de tal forma que no había posibilidad de atravesar esa barrera visual.

Como suele suceder en estos casos, cometió un pequeño error, y personal del taller logró retirar el exceso de jabón y pudo abrir la portezuela del automotor.

Lo agarraron con las manos, no precisamente en la masa, sino en las nalgas de Rosita, su asistente, a quien por cierto, parece ser que también le falló el dispositivo, en este caso, intrauterino, ya que resultó embarazada.

Oralidades


Los labios recorrieron cuanto resquicio había en el reconocimiento placentero de tactos, olfatos y gustos.
Este último se dio un banquete a sus anchas (y largas).
No se requería de ver ni de oír, ya que las yemas de los dedos funcionaban como detectores orgánicos de un radar que iba pronosticando, certero, el siguiente destino (siempre en función de la suavidad o no, percibida en sus labores de indagación).
El roce de pieles de y por todos los lugares, más reales que imaginados, gestionaba en instantes encuentros tácitos, armónicos y cálidos, pero sobre todo: húmedos.
Las ilusiones pues, quedaron atrás. Todo tipo de deseo fue cumplido sin más. Los alocados momentos cobraban una mayor entrega de las partes involucradas. El tiempo así, transcurrió a manera de compás rítmico, como el vaivén de suaves y graciosos columpios reciclados, montados por niños que recién despertaban ávidos de aventarse a la aventura y al conocimiento.
Jugos juguetones exprimidos experimentaron nuevas y modernas expresiones del placer.
Las miradas, inquilinas inquietas e inquisidoras, fulminaron con un parpadeo los reductos de tormentas grises y tortuosas; por lo que tuvo que recurrirse a la única opción viable en estos casos: esconder la vista mediante el cierre de los párpados.

Al final, entonces, los gemidos y respiraciones entrecortadas recordaron la otra acepción oral de quienes ejercían la emisión de sonidos.

Dos


Hoy soy éste y soy el otro. Entes que se entregan, así como también reciben y miran con atención. Los dos te pertenecemos y tal vez viceversa.

Levanta ella las manos para alcanzar el cielo
el par hace lo propio y así sus senos toca
la boca ensalivada puede escribir el verso
Mujer que reconoce observador inquieto.

En medio de la nada vuelve a sugir el canto
amantes que se quieren habitaciones sordas
delicia en intercambios cuando las pieles sudan
caricias virginales se dan en cada cuerpo
la cálida sonrisa complicidades mutuas.


Llegué justo junto al otro. Mis dedos recorren tus ojeras después de cada toque de cielo. Debí voltear cuando alcanzaste dicha dicha. El otro podrá irse; yo, me quedo.

Seguidilla


  1. Recibo tu mensaje de deseo.
  2. Acudo presuroso al encuentro.
  3. Llego y subo a la habitación.
  4. Estás desnuda boca abajo y sólo con una toallita sobre tus nalgas.
  5. Me excito y me quito la ropa.
  6. Te doy una buena metida de verga.
  7.   Me dices: 
  –Siento el palpitar en la punta del pene.

  Y yo te digo: “sangre al fin”.

Ellos


Siempre terminan exhaustos; sin embargo, a la hora en la que deciden separarse, en función del sitio, y precedidos o no de una refrescante ducha, se visten amorosos y con cierta parsimonia.

Ella había experimentado prácticas sexuales extramaritales durante los primeros seis años de casada, justo antes de buscar su primer embarazo. "Es que las acciones 'del cuerpo' se impregnan en los hijos que se traen en el vientre" decía.
Ahora, cuando los descendientes de Marifer ya se valen por sí mismos, pero sobre todo debido a que encontró al individuo con quien sabe que puede fornicar sin complicaciones -ni compromisos de ninguna índole-, se ve con él de una a dos veces por semana.

Siempre le da por recordar aquel filme de Luis Buñuel, en el que una bella y posicionada dama, decide trabajar de prostituta durante el día, con lo que las relaciones sexuales con su marido mejoran notablemente.
Y es que aquí ha pasado algo similar, pues con su esposo se acuesta prácticamente cada cuatro o cinco días, con resultados más que aceptables.

El amor y la fidelidad, a su entender, no tienen nada que ver con las actividades diversas que puede realizar con uno o varios hombres simultáneamente. Y el haber llegado a esta forma de pensamiento, no fue nada sencillo, imbuida como ha estado, hasta el tuétano, de una serie de 'principios del deber ser' en el esquema de la moral judeo cristiana.

Con uno puede compartir idas al cine y al teatro, con otro, más de una buena degustación gastronómica, y con el que podría llamarse 'su amante', como ya se ha expuesto, el coito (y todo lo que éste conlleva).

Álvaro había llegado a ella de una manera diferente; por una extraña razón, se había auto impuesto una abstinencia sexual durante los últimos años.
Al igual que Marifer, tiene pareja "estable", con quien reside en las afueras de la ciudad, y también tiene descendientes que, como los de ella, son autosuficientes.
Obviamente, al pertenecer a la misma sociedad, todos observan la misma normatividad tácita.

Últimamente, después del ejercicio de la sexualidad propiamente dicho, se van poniendo la ropa con una sensualidad tal que pareciera, y de hecho lo es, una especie de rito continuo bastante placentero.
Cuando ella se cuelga el sostén, él la ve fijamente a los ojos al tiempo que Marifer, sonriendo, se gira ligeramente con el objeto de que Álvaro le prenda la presilla de la parte posterior.
Su cuello entonces recibe el beso masculino con los labios 'hacia adentro', esto es, con el fin de impedir la presencia de los llamados 'chupetones'.
Luego, ambos vuelven a mirarse y, al mismo tiempo, se ponen su ropa interior inferior, pero de manera encontrada, es decir, cada quién se la coloca al otro.
Siempre, cuando las manos femeninas acomodan con delicadeza  el bulto que contiene el aparato reproductor, Álvaro siente un hervor en la sangre, pero por lo general ya no se da la reacción eréctil.
Y cuando él apenas roza el pubis por encima del calzón recién puesto en su lugar, Marifer lanza un gemido apenas percibido por los dos.
Las demás prendas ya se las pone cada quién.


Antes de dejar el recinto, ellos se dan un prolongado y delicioso beso. Y esta caricia es el pacto fino con el que se saben que cumplirán en el siguiente encuentro.

La sensualidad del tango


Hace tiempo que no tiran.
Ah, pero ese vinito previo y la musiquita que él puso, en verdad te han seducido a grado tal que sin más, te abandonas.
Sus manos ya han ingresado a tus glúteos y los estrujan con vehemencia.
Levantas un poco las nalgas a efecto de sentirte tocada.
Mientras tanto, sus bocas se pasean por los rostros, baboseándose pómulos y comisuras de los labios.
Lenguas inquietas las suyas, que portan saliva y electricidad.
No sabes bailar tango, pero él te ha levantado un poco y empuja tu cuerpo al suyo, en una especie de coito con ropa.
Sus partes bajas se restriegan en un talloneo cachondo. No sabes si avanzar o permanecer en ese engarce por demás delicioso. Besos, jadeos y lamidas van en el crescendo natural que ofreces como puta experimentada.
Él inicia el retiro de las prendas al ritmo de la danza sureña. Continúan levantando las piernas y girando hasta que solamente quedan en calzones.
Tus senos bambolean y su pene desea salir de esos trapos para ingresar a tu cavidad básica.
La pieza termina y se avientan a la cama. Tus manos buscan ansiosas el falo que habrás de degustar.
Te encanta abrir el hoyo para recibirlo.
-Aghhhgghhh- gimes.
-Putita- te susurra el hombre al oído.
Pareciera no ser posible, pero esa palabra te excita sobremanera y se provoca la venida de orgasmos en serie.

Afuera cantan los pajaritos cuando estás recibiendo el semen en tu coño.

Volando


Con la liviandad que denotan las cortinas al viento, flotas, mujer, y danzas, al tiempo de que tus cabellos húmedos se encuentran con el aire de mi entrecortada respiración.

Descubro tu cintura en mis manos (y viceversa) y pareciera que se escapa y se va; pero no; ambos sabemos ya, por fin, acerca de nuestras pertenencias, en el sentido más amplio y sublime, como se ha venido plasmando en los últimos tiempos.

Mis piernas sostienen el vuelo y la vuelta corporal.
Entonces, en los saltos-planeos se encuentran de repente nuestros labios... hambrientos de ese líquido sutil que está en el interior de la boca del dispuesto-compañero-amante, que nunca 'otro'.

Es una nueva entrega interna eterna, en la que el aroma a sexo se impregna en cada recoveco epidérmico: dulce-agrio-tierno-intenso.
Y el recorrido de los rostros huelen y degustan esos definidos y exquisitos manjares.

Vuelas alto, y sigues siendo mía en esta noche continua, sentada encima de mí.
Balbuceamos de nuevo incoherencias.
No es sino el lenguaje y la conjunción de los cuerpos quienes han establecido la comunicación.

Y las palabras son firmes y precisas en este idioma que nos hemos inventado hoy y que re armaremos de nuevo mañana.

Versión actual


Cuando él se sienta en la orilla de la cama, es porque ya jugaron con sus cuerpos; ya se embebieron el uno a la otra y viceversa. Ya recorrieron sus sudores y se probaron y se supieron y... se subieron: unas veces él; otras, ella.
Una y muchas más, sus senos, los de la dama, han sido lamidos-magullados-chupados y continúan recibiendo estos estímulos. Las bocas se reconocen con frecuencia, y se recuerdan en su hablar-ensalivar-mordisquear.
Las nalgas de ambos gozan con las caricias recibidas; los pies, igual; así como los muslos, las axilas, sus respectivos cuellos...

Cuando ella se monta, se acomoda y se desliza con suavidad, mientras va siendo penetrada. El hombre se sabe con la suficiente capacidad eréctil para sostener dicha postura. Ambos degustan esos minutos; más, ella.

Cuando, en la orilla de la cama, continúan con el rejuego, por lo general ella termina abajo, como ahora.

Sudada, plácida, satisfecha, la pareja siempre está dispuesta para un siguiente encuentro, como ahora.

Flor


Cual planta trepadora cultivada
te subes a mi cuerpo en él te enredas
conformas hoy de pétalos y sedas
tu pubis fascinante a mi mirada.

La blanca flor por siempre venerada
me dice que regresas y te quedas
al menos ahora sé que cuando puedas
me harás lamer tu lengua perfumada.

Degusta del momento que provoca
hoy gozas penetrada en tu jardín
con verde que es olor que nos trastoca

con sexo y los calores del festín
mi savia-leche corre por tu boca
así florecerás en mí: jazmín.


Al vuelo


El marido de Rebeca le confesó apenas ayer su delirio por el rímel.
Ah, pero nunca se imaginó que hoy, de mañanita, fueran a experimentar tan ardiente pasión.
Vaya, la verdad es que nadie supo lo que iba a suceder.
Todo comenzó con la aplicación un tanto cuanto sólida –y medio reseca, por ende– en las pestañas del ojo izquierdo. Esto motivó que, para el otro, utilizara un poco más de sustancia líquida.
Como se verá más adelante, gracias a esta maniobra es que pude presenciar, pero sobre todo intervenir tan de cerca, en los recientes acontecimientos.
"Muy temprano, a primera hora, y una vez que el esposo se levantó para darse su ducha matutina, ella salió rápidamente del dormitorio.
Parece que también se aseó el cuerpo en la habitación contigua. Y lo hizo con tal rapidez que, cuando él salió del baño, Rebeca, que se encontraba recostada en la cama, ya había terminado de colocarse el cosmético en ambos ojos.
Antonio estaba tan solo envuelto en una toalla, al igual que su esposa. Entonces, cuando él se aproximó a darle un beso en la mejilla, se percató del 'marcado' de las pestañas. Es increíble, pero debajo de la tela húmeda que lo cubría, se iniciaron varios movimientos y reacomodos, generados a raíz de su inmediata excitación.
Rebeca, por su parte, contribuyó a su manera, debido a la también rápida respuesta de sus pezones, los que, incluso a través de la blanca prenda de secado, manifestaban el estímulo adquirido.
En menos de lo que lo cuento, ambos cuerpos ofrecieron su desnudez, al tiempo que inicié la labor que me correspondió.
Volaba como siempre en el ambiente, cuando fui atrapado por una de las manos del hombre.
Fácilmente me hubiera escapado, pero al pasar uno de los dedos por el rímel aguadito del ojo derecho de ella, se generó una especie de fuerza de atracción (en el sentido de la absorción, que no de lo atractivo). Así que, junto con el dedo y un poco de saliva, llegué primero a las inmediaciones del ojo de Rebeca, pero ahí estuve apenas
unos breves instantes, pues en seguida me incorporé a una masa gelatinosa formada por lágrima y pintura del cosmético, que se untó, parece que accidentalmente, en el dedo medio de la mano izquierda del varón.
Ya no sé si no pude o francamente desistí de retirarme, con el objeto de participar en primer plano de una experiencia interesante y, ahora sí, atrayente.
De nuevo cambié de sitio, en este momento estaba entre los pliegues vaginales de la dama; en dicho lugar soporté varias veces la intromisión de más elementos hurgadores e indagadores.
Por fin, y otra vez gracias a un fluido, salí para desplazarme por la parte interna del muslo. Pero, no llevaba ni diez centímetros de recorrido, cuando entré a la lengua de Antonio. Cómo me costó trabajo permanecer en ella, debido a sus flexo-torsiones rápidas y constantes, así como al flujo (básicamente de saliva).
Cuando la boca se retiró de esta zona, allá fuimos a dar, ahora a uno de los senos de Rebeca, muy pegadito al pezón. Con tanto líquido, aunado ahora al sudor de ambos, llegó una yema, me parece que
femenina, que me transportó otra vez a la mejilla, a escasa distancia de donde se originó mi periplo.
El rímel ya se había extendido por todo el contorno de los ojos.
Muchos líquidos más surcaron muy cerca de mí, como sudor, pintura y lágrimas, pero pude esquivar las avalanchas.
Al cabo de un buen rato, cuando vi cómo se acercaba una torunda de algodón impregnada con crema limpiadora, abandoné mi última posición epidémica y retorné al aire".

Coitus eternis


Tiento tus nalgas frías, mismas que mis caricias comienzan a calentar.
Te beso en nuestro siempre primer ósculo con sabor a sexo.
Voy directo a chupar/lamer pezones para succionar esa lechita rica que me brindas, Mujer.
Haga frío o no, la ropa va cayendo de a poco, con excepción de la interior, la que coadyuva en las presiones, ya sean manuales o lingüis de nuestras partes más sensibles.
Hacemos el amor, tiramos, cogemos, follamos, templamos, y siempre nos miramos con esos ojos de entrega absoluta: antes, durante y después de.
Tiempos difíciles de definir en nuestro coitus eternis.
Me vengo en tu boca, en tus dulces senos, en tu culo rico ricurita, en tus dedos de pies o manos o en tu coño mágico.


Siempre estamos cogiendo.

18 minutos aproximados

"Es tal la excitación que me embarga, que no necesito levantar la mano para tocar el cielo"
M. L.

Nos encontramos en un palco dentro de la sala de conciertos. Está a punto de iniciar "El Bolero" de Ravel.
Hace como treinta años, cuando lo escuché en vivo bajo la conducción del Maestro Eduardo Mata, estuve a punto de alcanzar un orgasmo en la parte final de la obra, cuando toda la orquesta participa en un maravilloso espectáculo.
Bombos y platillos, así como tubas y trombones enmarcan la presencia del todo sinfónico.

En esta ocasión no sabemos quién dirige; lo que sí, sin duda, que traemos el eros desbordado.

Solo nosotros dos ocupamos el reservado con capacidad para ocho espectadores, cuatro en la fila de adelante y otro tanto en la posterior, que es en donde nos ubicamos. Comprendemos que, en cuanto sea apagada la luz del foro, nuestros movimientos serán prácticamente imperceptibles; mas no así la emisión de sonidos.

Cuando ingresa el director, nos tomamos de la mano con un cierto nerviosismo. No podemos asegurar si seremos capaces de superar el reto.
Nos vemos a los ojos con esa complicidad nuestra e inicia el concierto.

Las baquetas en el timbal apenas y se escuchan:

Ta
ta ta ta tá
ta ta ta ta
ta tá
ta ta ta tá
ta ta ta ta ta ta ta ta ta tá
Después de esas primeras y repetitivas percusiones, la flauta transversa interpreta la tonada recurrente y los cellos responden en arpegio.
Entran el clarinete y el fagot a reiterar el motivo melódico.
Son todos instrumentos de contenido erótico en sus formas, ya sean fálicas o bien, a mis ojos, en curvatura que asemeja nalgas femeninas.

Nada más de pensar en el final, la sangre recorre todo mi ser, desde el dedo último de mi pie hasta la punta de mis cabellos.

Estamos preparados para la ocasión. Ya hemos retirado los antebrazos intermedios y nos estamos tocando por doquier.
Ella tiene las piernas abiertas y se reclina hacia un lado; todo el vestido lo he echado hacia la cintura. Previamente y para el suceso, habíamos decidido no usar ropa interior. Como hay suficiente espacio entre las butacas, me hinco enfrente de ella con el objeto de posesionarme en sus zonas bajas. Voy directo a su riquísimo pubis velludo, al tiempo de que en el escenario crece la intensidad de las percusiones.
Poco a poco, mientras van incorporándose más instrumentos y secciones de los mismos a la pieza musical, mi boca hace maravillas en mi vieja amiga ya, esa vagina exquisita y cómplice de mis andanzas lingüis.
Seis días antes habíamos practicado la escena, en casa y con la versión de Herbert Von Karajan. Así que, un poco antes de la presencia sonora del segundo timbal, cuando prácticamente todos los alientos y metales han repasado la melodía, mi lengua ya ha hecho lo propio con la parte interna de sus muslos y todo el contexto del área superior a los mismos.

Cuando mi mujer alcanza la plena satisfacción, casi todas las cuerdas han dejado los arpegios y ya son interpretadas con los arcos. Es el momento de cambiar posiciones.
Ahora mi entrepierna está tomada por su rostro, ella realiza la degustación anhelada por ambos; quién sabe si Ravel algún día imaginó esta escena en concordancia con su obra.

Sin embargo y con el fin de no emitir sonidos que enrarecieran el ambiente, debimos mantener la misma concentración, por lo menos, que el percusionista del primer timbal.
Por fortuna, al igual que él y para beneficio de la audiencia, no cometimos ningún error.

Fueron momentos exquisitos que inundaron todos mis sentidos, así como también, con fuerza y cierto desborde, la boca de mi amada.

Cuando chocaron los platillos por última vez, ya estábamos de nuevo sentados; tanto así que, después de darnos el más delicioso de los besos, participamos entusiastas de la ovación generalizada.

No sé cuántas veces salió el director; lo que sí, que nuestros labios permanecieron juntos durante todo ese tiempo, degustándonos hasta la saciedad. 

Llegó bella y radiante a su feliz encuentro con la vida


Llegó bella y radiante a su feliz encuentro con la vida, como artesana biológica que es, primigenia en el arte corporal más hermoso que jamás haya existido.
–Allá afuera hay mucha muerte, desazón y tristeza, no en mí, sí en ellos –sus palabras llevaban una fuerte carga de emoción y de sinceridad sin par.
–Sí –dijo él (el par)–compiten entre todos, unos contra otros, por ver (según sus miradas perdidas) quién interpreta a tahnatos de la manera más tétrica y correcta.

Tiempo atrás, sus andanzas masculinas lo habían acercado a esos lúgubres conceptos, materializados en las actividades oscuras que ofrece la noche, con todos los peligros que conlleva.
La mujer por cierto, también había dejado atrás esos bosques aparentes, pero áridos y pantanosos.

Al paso del tiempo ambos fueron recibiendo atisbos de luz, así como un nuevo conocimiento entre cósmico-espiritual y físico-mecánico, con lo que iniciaron el alejamiento definitivo de sus respectivos pasados.
Esta reflexión la venían haciendo durante sus últimas experiencias lúdicas maravillosas.

En esta oportunidad, la mujer replegó su camiseta hacia la parte superior, dejando al descubierto unos pechos claros y robustos, producto de un mestizaje cargado hacia los genes autóctonos; por eso él le decía "India" y evocaba en el vocablo a las culturas pobladoras ancestrales del sitio geográfico que habitaban.

Debido al succionar erótico posado en sus pezones, el hombre insistía en llamarles "dulce miel", no sólo por el sabor de sobra conocido, recorrido y degustado, sino por la analogía más precisa, al equiparar el hecho con el libar floral de aves e insectos.

'No nos retiramos la ropa, sino que experimentamos, como siempre, alternativas (a manera de ejercicios lingüísticos -en varias acepciones-) en nuestro juego corporal. Iniciamos pues el reconocimiento presente ubicándonos en ese contexto de regresión y de planteos oscuros, ya que sólo así nuestra luz puede avanzar con energía propia.
Al ver su camisa entreabierta, se la moví un poco hacia los lados, al tiempo que subía mi camiseta hasta abajito del cuello, con lo que quedaron mis senos al aire.
Los pechos nuestros los unimos y comenzamos a frotar mediante todo tipo de movimientos. Cada vez que mis pezones rozaban sus tetillas, los primeros se erizaban al tiempo que sentía en su entrepierna la respuesta varonil de la excitación.
Después de besar su boca, inicié el recorrido de un trayecto descendente.
Lamí su cuello todo y después chupé sus tetillas. Mi rostro se posó unos instantes en el centro vital, así, mientras escuchaba los cardio latidos rítmicos, mis senos se untaban con el vientre de mi hombre'.

El espectáculo de la semidesnudez genera todo tipo de respuesta estimulante. Mientras la mujer le retiraba algún exceso de ropa íntima, sus senos ya jugaban con el recurso fálico del compañero, con el cual frotaba los pezones y en ocasiones lo colocaba en medio del pecho.

No necesitaban hablar ni mirarse siquiera; ambos sabían la función que les correspondía.
Cuando el pecho dulce miel descansaba en los muslos del par, la oralidad femenina degustaba de un muy particular banquete que la sangre enardecida, la de él, propiciaba con su justa dureza.
La lengua femenina subía y rodeaba, siempre lamía; sus labios húmedos ejercían una sensible estimulación.

'El ver la manera en que mi India saborea el producto de mi excitación, le da a su oquedad bucal un significado, no de desborde, sino de acoplamiento sensual repleto de infinitas posibilidades lúdicas'.

Los aromas que circulaban en torno a estos verdaderos amantes, hacían de la escena un cuadro vivo con energía propia y singular belleza.

'Estar en cuclillas enfrente de mi él, no sólo me postra con elegancia y aceptación, sino que reproduce la imagen misma de nuestra entrega'.

Fluidos lácteos alimentaron deidades, por tanto bien portado actuar de las ahora mieles conjuntas.


Portan ellos semblantes más allá de satisfacciones y placeres.

Gemirán los ecos del recinto


"Lo escuché embelesada tocar piano en la sala de música donde cogimos y cogió con muchas más".
Tutú 

Mientras sus dedos recorrían el teclado. Ella se transportaba a alguna de aquellas tardes en las que el músico, en ese mismo espacio, le había metido la verga.

"Se sabía que las encerronas musicales en ese sitio sólo cumplían un objetivo: y éste era el de fornicar.
La primera vez que la damita acudió, a los pocos días de haber sido desflorada por el mismo intérprete (en un hotelito cercano), no hubo mucho preámbulo.
Sus senos baboseados por esos labios experimentados exhibían sus calientes pezones.
Muy pronto fueron estrujados, al tiempo que era penetrado su siempre húmedo coño".

El acento melódico hizo que el pianista saltara un poco del banquillo.

"Trabajaba con sus dedos en la vagina de tal suerte que había ocasiones que la levantaba en vilo.
En otras, las nalgas femeninas posaban en el banquillo y sus piernas eran sostenidas por el macho a ambos lados del cuerpo de él. El mete saca rítmico hacía que se bambolearan sus pechos como olas encontradas.
La lengua masculina degustaba a veces del sabroso hoyo básico de la mujer, pero también la izaba, engarzada, y entonces ella rodeaba con los brazos su cuello".

Y ahora lo escuchaba hacer música, pero también se ocupaba del recuerdo, cuando le hacía el amor.

"-Putita- le decía: -eso eres: sucia, perrita de esquina.
Y le pasaba la mano por su plano y admirado vientre, para llevarla enseguida a la inquieta y profunda vagina.
Y ella gozaba de una manera especial.
-Cabalgue, caballita.
Siempre supo que él andaba metiéndose con varias; pero cuando se sabía la elegida, le entregaba su cuerpo con delicia".


Una vez terminada la pieza musical, él levantó el rostro. Ella quería ser mirada y lo fue; en un rato más cogerían...

Pintora 2


Porque emprender camino
de tu vagina dulce
es recorrer el lienzo
de tu epidermis toda.

Al indagar tu arte nuevas formas
pintarás mi pene con tus manos
y tus abiertas y desnudas piernas
serán el modelo que requieres.

Y mis dedos en tu boca
compartirán tu saliva con la mía
obteniendo así nuevos colores
y tonalidad
en el sabor de nuestras partes.

Yo también
te pinto
pintora
pues tu pubis es paleta
colorida.