viernes, 22 de marzo de 2019

Rita (que debió publicarse un viernes


Margarita ha llevado una vida relativamente normal en todos los aspectos. De hecho tiene resueltas el cúmulo de necesidades materiales, afectivas, intelectuales. Eso cree hasta ahora al menos.
Tiene pareja estable y dos hijos adolescentes que cierran el círculo familiar.

Aquella mañana acudió al desayuno mensual del club, al que asistía regularmente a encontrarse con el grupo de amigas de siempre. El lugar era el mismo también, el cafecito anexo al teatro Colonial.
De pronto sintió una especie de llamado. Se despidió de sus compañeras y salió presurosa del sitio.
Sentía en todo su cuerpo una excitación inusual sin causa aparente.
Pensó en hacer una llamada a su conviviente, pero de inmediato desechó esa idea.
Caminó aparentemente sin rumbo cuando, sin previo aviso, un auto se detuvo enfrente de ella.
El individuo que iba al volante le preguntó.
–¿Cuánto cobras?
–Lo habitual –respondió ella en un acto reflejo.
–¿Y te la puedo meter por el culo? –preguntó el solicitante.
En ese momento se percató de que se encontraba en la Avenida de los Maderos, lugar en el que a toda hora y abiertamente se ejercía la prostitución.
Su ropa no era provocativa, ni su maquillaje. Eso sí, tenía un cuerpo bien torneado por donde quiera que se le viera.

La adrenalina la invadió al momento de responder.
–Me la puedes meter por donde quieras.
Y en una rápida lectura que hizo del chofer del vehículo, aceptó el subirse al mismo.
No sabía muy bien lo que procedía, pero estaba decidida a lo que viniera.
El hombre no era precisamente el fiel representante de la belleza masculina, pero a sus ojos le resultaba atrayente, pues se enmarcaba dentro de la novedad de la situación que experimentaba.
Ella conocía un hotelito cercano al que acudía con su marido cuando tenían necesidad de un acostón y no podían hacer el largo trayecto hasta su casa; así que se dirigieron allí.
Se encargó de solicitarle al pretendiente la adquisición de un par de condones.

–¿Cómo te llamas? –escuchó y respondió de inmediato.
–Rita.
En pleno ejercicio de la sexualidad, la 'nueva' integrante de, por decirlo de algún modo, quienes utilizan siempre un seudónimo atractivo e idóneo, instó varias veces al hombre a que le dijera "sucia, perra y puta", lo que él le cumplió a cabalidad.

Ese día, Margarita comprendió que su vida estaba dando un giro muy claro.
No se había "convertido" en nada; simple y sencillamente había respondido al llamado básico de su cuerpo. Sintió un placer nunca antes experimentado en la cotidianidad del acto sexual con su marido, inclusive, con amantes pasajeros. Esto era diferente. Era sacar una ella que habitaba en su interior desde siempre –y tal vez a cuanta mujer conocía le ocurría algo similar en alguna parte de su conciencia– y que no se manifestaba por pura cuestión social, moral, cultural.
¿Qué por qué ocurría esto ahora? ¿Qué por qué seguía a ese llamado natural?
Buen cuestionamiento para el fin de semana.

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