Tomaron asiento enfrente del teclado, como si fueran a interpretar una pieza a cuatro manos.
Pero no; ella inició el rejuego al tallar y tallar uno de los muslos de él.
Después de que le susurró algo al oído, giraron al unísono pero con cadencia, de tal suerte que el instrumento musical quedó detrás.
Las piernas femeninas ascendían a las de él con esa prestancia y picardía que otorga el deseo más decidido. Los ropajes de ambos fueron retirados de a poco, pero también, ¿por qué no decirlo? Con una cierta ansiedad por establecer los bellísimos roces de la piel.
Algún movimiento brusco de mano caía de repente en el piano y generaba una cierta nota que hubiera querido formar parte de una moderna composición atonal.
En un momento determinado, la mujer rodeó con sus brazos el cuello varonil y fue izada vigorosamente, irrumpiendo y brotando a la pequeña elevación como una diosa.
Él dio un par de pasos y la depositó con suavidad en el tapete morado, el mismo al que sólo se accede con la limpieza de unos pies liberados de calzado y cualquier tipo de media.
La desnudez, sobre todo compartida, siempre impone una forma de gallardía inusual: cuerpos en interacción plena y convincente.
La madera resonante fue testigo de diversos y exquisitos juegos, en una gama colorida en todas las cromías que rodean a la propia de las mandarinas.
A veces se incorporaba y reclinaba uno de los partícipes.
En ocasiones los pies indicaban hacia la misma dirección; en otras apuntaban indistintamente.
Y palabras muchas inundaron el ambiente, de todo tipo, en cantidad y calidad ascendente, como un crescendo desbocado.
Y de nuevo fueron uno los seres-eres-eros-oros-poros entregados en la cálida habitación, a pesar del frío invernal.
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