Cuando él se sienta en la orilla de la cama, es porque ya jugaron con sus cuerpos; ya se embebieron el uno a la otra y viceversa. Ya recorrieron sus sudores y se probaron y se supieron y... se subieron: unas veces él; otras, ella.
Una y muchas más, sus senos, los de la dama, han sido lamidos-magullados-chupados y continúan recibiendo estos estímulos. Las bocas se reconocen con frecuencia, y se recuerdan en su hablar-ensalivar-mordisquear.
Las nalgas de ambos gozan con las caricias recibidas; los pies, igual; así como los muslos, las axilas, sus respectivos cuellos...
Cuando ella se monta, se acomoda y se desliza con suavidad, mientras va siendo penetrada. El hombre se sabe con la suficiente capacidad eréctil para sostener dicha postura. Ambos degustan esos minutos; más, ella.
Cuando, en la orilla de la cama, continúan con el rejuego, por lo general ella termina abajo, como ahora.
Sudada, plácida, satisfecha, la pareja siempre está dispuesta para un siguiente encuentro, como ahora.
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